Tareas semana 1

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La fea (Monólogo teatral) 

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http://www.danielcinelli.com.ar/archivos/Obras/Primer_nivel/(Gambaro)La_que_sigue.pdf

La fea (Monólogo teatral)  de Carlos Etxeba
(La escena representa un parque. Se presenta Pilar, una mujer joven, mal vestida, que se tapa el rostro con unas grandes gafas negras. Lleva un abrigo hasta el suelo que le cubre todo el cuerpo. Dentro del abrigo lleva cosidos bultos de tela, para hacer que su figura al exterior resulte ridícula y fea. Lleva un gran bolso y puede ir acompañada de una niña de siete años o llevar un cochecito de bebé. Si va acompañada de una niña, deja sentada a la niña sobre un banco del parque y a su lado el bolso. Si lleva una cochecito de bebé, deja el cochecito junto a un banco del parque. Se dirige al público y recita el poema de Carlos Etxeba titulado La Fea)
 ¡¡FEA! ¡¡FEA! Me llamaban los chiquillos en la plaza cuando era una rapaza llena de granos y manchas. ¡¡FEA! ¡¡FEA! Piensan ahora sin decirme una palabra los hombres que se detienen rehuyendo mis miradas. ¡¡FEA! ¡¡FEA! ese es el sino que está destrozando mi alma, desangrándome las sienes, lacerándome en su saña. Yo también como las guapas tengo corazón y ganas de ser amada de un hombre que satisfaga mis ansias. Sería dulce y amable, trabajadora, su esclava  y obedecería muda sus deseos y palabras. Sería el rey de mi vida, tirano de mis entrañas y de mis senos haría una blanda y tierna almohada. De mi cintura las sábanas y de mis brazos las mantas, de mis espaldas alfombras, de mis manos sobrecama. ¡¡Qué no le daría yo al hombre que así me amara! Y tengo que contentarme con mirar a otras muchas cogidas de la cintura de los hombres tan amadas! Y es que soy fea, tan fea como cuando era rapaza y los chiquillos gritaban desde el centro de la plaza. ¡¡FEA! ¡¡FEA! Van pensando sin decirme una palabra los hombres que se detienen rehuyendo mis miradas. Los sentimientos que se resumen en este poema de Carlos Etxeba son los mismos que conformaron toda mi infancia y adolescencia. Viví esclava de mi aspecto físico. Era como un yugo del que nunca me hubiera podido liberar. Sufrí primeramente ante las mofas e insultos de los niños de la pequeña ciudad. Llegaba a casa siempre llorando, me refugiaba en mi cuarto y no quería hablar con nadie. Después tuve que sufrir en mi adolescencia el desprecio de las amigas que también rehusaban el trato conmigo a causa de mi fealdad. Lo peor de todo es el menosprecio que sentía por mí misma. Maldecía el día en que nací, maldecía a mis padres por haberme engendrado tan fea, maldecía a toda la ciudad por el mal trato que me habían dado desde mi nacimiento. Llegué a desear la muerte. Llegué a pensar en el suicidio. Empecé a investigar las diferentes formas que había de suicidarse. Leía atentamente todos los suicidios que aparecían en los periódicos, para saber cuál sería el más rápido que pudiera poner en práctica. El tragar venenos en el estómago me parecía muy lento y doloroso. El tirarse desde un séptimo piso a la calle, me parecía lo más rápido y razonable. Solo duraría los tres o cuatro segundos de la caía del cuerpo desde la ventana a la calle. El de encerrarse en el coche, dejando abierto el gas, me parecía una muerte muy lenta y angustiosa. Mi muerte debía ser muy rápida, en tan solo unos segundos. Llegué a pensar en todos los detalles de mi muerte. Antes escribiría una carta, culpando de mi muerte a todos los chicos y chicas del pueblo que no hacían más que insultarme y reírse de mí a todas horas. En estos pensamientos estaba, cuando vino a visitarnos un día la tía Gertrudis. Mi madre me ordenó inmediatamente que saliera de la habitación, para que no me enterase de lo que tenían que hablar; pero yo me volvía a meter otra vez en la habitación a escondidas y me enteraba de todo. Les tengo que indicar que mi familia no se trataba nunca con la tía Gertrudis. Siempre que se hablaba de ella, se bajaba la voz para que yo no me enterase de nada. La tía Gertrudis era como un fantasma que revoloteaba por el aire de la casa, pero del que nadie podía hablar nunca. Una amiga me había insinuado que la tía Gertrudis era un putón verbenero. Lo de putón lo podía entender. Era algo así como una puta muy grande; pero lo de verbenero no lo pude comprender nunca. ¿Qué tiene que ver una verbena con una puta? ¿Acaso las putas están siempre en las verbenas? Pues en las verbenas de mi pueblo yo no he visto nunca merodear por allí a ninguna puta. Luego me enteré que la tía Gertrudis se había escapado de casa, cuando era muy jovencita y que se había dedicado a la prostitución en numerosas casas de alterne de Madrid. Ahora la tía Gertrudis era ya una señora sesentona, de muy buen ver y riquísima. Se había casado tres veces y se había quedado con las herencias de los tres maridos. El primer marido, cuando se casó con ella, tenía noventa y cinco años, pero a ella no le importó nada porque se lo pasaba en grande con el mayordomo, el chofer y el cocinero del marido. Además decía que solo se lo pasaba bien en las fiestas de sociedad, cuando había invitados que se atrevían a quitar las bragas a las señoras. Había tratado con tal cantidad de personas diferentes que entendía perfectamente el lenguaje de los ladrones, cuando decía: Este collar cuesta dos años de cárcel, esta sortija cuesta cinco años de cárcel, así sucesivamente. Fíjense si era lista mi tía Gertrudis que solía sacar mucho dinero de los accidentes de coche en los que veía que había un muerto en la carretera. Ella se tumbaba junto al muerto, como si hubiese sufrido también el accidente, y exigía que le diesen a ella también la compensación del seguro. Sacó mucho dinero de esta forma. Cuando vino a mi casa la tía Gertrudis, mis padres estuvieron hablando con ella durante mucho tiempo de la herencia de mis abuelos y la tía Gertrudis se dio cuenta enseguida de mi estado anímico. Nada más mirarme a los ojos, me preguntó si me encontraba tan mal como para desear morirme. Yo le dije que sí, que deseaba morirme rápidamente, inmediatamente, que no encontraba consuelo en nada de esta vida y que cualquier día me tiraría por la ventana. Los posibles suicidas debemos tener algo en los ojos que nos delata. Debe ser algo así como una tristeza existencial, algo así como un cansancio emocional que no pasa desapercibido ante unos ojos expertos en la materia. La tía Gertrudis me dijo que ella me enseñaría la manera de cambiar los sentimientos de autodestrucción que sentía por otros sentimientos igualmente destructivos, pero dirigidos hacia los demás. Que ella era una experta en esa materia. La tía Gertrudis comentó con mis padres lo de mi suicidio. Mis padres, naturalmente, no le hicieron caso, pero la tía Gertrudis les dijo que me nombraría la única heredera de todos sus bienes, si me dejaban ir a vivir con ella a Madrid, ya que mi vida corría peligro de muerte en aquel miserable pueblo. A mis padres no les satisfizo la idea de dejarme ir a vivir a Madrid, precisamente con mi tía Gertrudis, pero la idea de poder ser su única heredera, les llenó de esperanza y de consuelo, así que me encontré viviendo en Madrid al día siguiente en plena calle de Alcalá y en un piso que era un auténtico palacio. Lo primero que hizo mi tía al llegar a Madrid fue buscarme un colegio cerca de casa, donde pudiera continuar los estudios y echarme amigas, acomodadas a mi nuevo status social. Como mi tía era bienhechora del famoso colegio de las Esclavas que estaba muy cerca, me aceptaron de inmediato como alumna, porque mi tía donaba mucho dinero anualmente para el sostenimiento de la comunidad de monjitas. Aun con mis nuevas ropas de colegiala y bien duchada, el aspecto que ofrecía mi figura debía ser horroroso, ya que ni las monjas se atrevían a mirarme a la cara, ni las alumnas sostenían más de cinco segundos las miradas sobre mi cara desencajada. No me ponían motes, ni me llamaban fea a la cara, pero cuando no hablaban conmigo, comentaban en corrillos mi fealdad y se reían de mi figura destartalada. Había una alumna de mi clase que se llamaba Beatriz y que era bellísima. Tenía un pelo rubio natural ensortijado, unos ojos grandes azules, unos pechos grandes, una tez muy blanca y unas piernas largas de ensueño de esas que p arece que no se acaban nunca. La tal Beatriz practicaba conmigo la peor actividad social que imaginar se puede, por el retorcimiento maquiavélico con que maquinaba todos sus encuentros conmigo. Se paseaba delante de mí, con movimientos sensuales de modelo de la pasarela, se ajustaba los pechos y se levantaba un poco la falda, me señalaba con el dedo índice la cara y prorrumpía en una sonora carcajada. No había pronunciado ninguna palabra, ningún insulto había salido de sus labios, para que no la pudiese acusar delante de las monjas, pero me había insultado de la manera más clara y elocuente. Me había llamado fea, fea, fea mil veces fea, de una manera peor que lo que hacían lo chavales en la plaza del pueblo. Sus gestos arreciaron, cuando observó que yo lloraba de rabia y entonces ella repetía más veces los mismos gestos, señalándome la cara con la mano, acompañada de las risotadas de las demás alumnas que secundaban con grandes aplausos sus fatídicas gracias. Como consecuencia de estos incidentes me fui apartando cada vez más del trato con las demás alumnas y enseguida se corrió la voz de que yo era una atrabiliaria que tenía muy mal carácter. La única que me trató con cierta conmiseración era Sor Crucifixión. Sor Crucifixión me empezó a abordar para comprobar 6 si yo pudiera tener vocación de monja de clausura, ya que yo tenía tan mal carácter que nunca iba a poder estar de cara al público, sino recluida en un claustro de clausura. Yo le expliqué a Sor Crucifixión que mi vocación no era de monja de clausura, precisamente, sino de suicida. Sor Crucifixión se marchó horrorizada, dijo que rezaría por mí y ya nunca volvió a abordarme sobre ese asunto. La superiora, alertada por Sor Crucifixión, llamó a mi tía y le puso al corriente de lo mal que me llevaba con las demás colegialas, para ver si ella podía corregir mi comportamiento, porque de lo contrario me iban a tener que expulsar. No iban a poder acoger a una alumna que no pudiera tratar con las demás alumnas del colegio, ya que temían que pudiera caer en alguna perturbación sicológica. Mi tía Gertrudis, tuvo que intervenir personalmente en mi educación. Con todo lo vivido que llevaba por delante, se sentía con fuerzas como para corregir mis desviaciones sicológicas y encarrilarme en la vida. - «Mira, Pilar, si no te encarrilo yo en la vida, no va a haber nadie que lo haga. Has de saber que a todos los hombres se les puede poner unos cuernos descomunales, menos a los mariquitas naturalmente. Así que vamos a empezar por tu figura. Has de saber que lo importante no es la cara. A los hombres lo que realmente les interesa son primeramente las tetas de las mujeres, luego el culo, luego las piernas y por último la cara. La cara está por detrás de las tetas, el culo y las piernas». Acto seguido me arrancó el vestido a manotazos y me puso los pechos al descubierto. Me puse delante del espejo y me contemplé con fruición los pechitos que no me había atrevido a mirar nunca delante del espejo. - «Estos pechitos no están nada mal. No es que sean una cosa muy especial, pero se puede sacar mucho provecho de ellos. Lo único que hay que hacer es llevar unos escotes muy amplios, dejando entreverlos algo, cuando te dirijas a hablar con los hombres». Luego mi tía me dio la vuelta de un manotazo y me tocó los glúteos que a la sazón estaban bastante encogidos dentro de las bragas estrechas que llevaba. De un manotazo me arrancó las bragas y se fijó en mi culo. - «Este culo es formidable. Es gordinflón y provocativo, aunque está muy encogido. Hay que hacerlo florecer como si fuera una rosa. Necesita expansionarse y ensancharse de una manera natural. Fuera bragas. Hay que hacer que la línea divisoria entre las dos nalgas, se note algo a través de la falda. Todo tiene que ser de una manera natural, como no premeditada. Este trabajo tiene que ser muy concienzudo, atendiendo siempre al fin de que piquen los hombres, que como niños están deseosos de caer enseguida en las redes del amor». Después mi tía Gertrudis me hizo subir a un taburete y se fijó en mis piernas. - «Bueno, estas piernas no es que sean muy largas ni especiales, pero no tienen ningún defecto particular y se pueden realzar su línea con unas medias caras y con unas buenos zapatos de tacón de aguja». Luego se fijó en mi cara y en mi cabellera. - «Aquí, sí que voy a tener que intervenir a fondo. Este cutis se puede suavizar con unas buenas cremas, eliminando todos los granos, estas cejas tan espesas se pueden arreglar con una buena dilapidación, estos labios se pueden espesar algo, haciéndolos más sensuales. Estos ojos se pueden agrandar, haciéndolos más interesantes y misteriosos con un buen maquillaje... Esta cabellera está rala y descuidada. Hay que protegerla y mimarla. No hay grandes defectos naturales. Simplemente hay un desconocimiento absoluto de las técnicas de embellecimiento de la cara. Sobrina mía, en unas pocas horas te dejo como nueva». Mi tía p uso manos a la obra, me untó la cara con toda clase de cremas y en unos pocas horas, vistiéndome con sus vestidos, medias y zapatos, me dejó como nueva. Me miré al espejo y apenas creía que era yo la que me estaba contemplando en él. De repente se me quitaron las ganas del suicidio en un santiamén. Empecé a reírme como una tonta y me entraron ganas de salir a la calle a pasear y a hablar con las personas. Desde ese mismo instante la vida había adquirido una importancia especial para mí. Estaba ya curada de la depresión. Todo esto se lo debo a mi tía Gertrudis, que fue la persona que más me ha ayudado en esta vida. (En este momento Pilar se quita las gafas y el abrigo y aparece tal como ha indicado, después del tratamiento de belleza de la tía Gertrudis. Ahora es una mujer bella y elegante) El magisterio de mi tía Gertrudis duró solo tres años, porque al cabo de ese tiempo se murió de un accidente de circulación. Al pasar un paso de cebra le atropelló un coche y murió en el acto. No obstante para esas fechas yo había asimilado perfectamente bien todas sus enseñanzas. Recuerdo muy bien su principal eslogan  que se resume en esta frase: «No esperes a que te pisen los demás. Písales tú antes». Mi tía se fijó que un joven muy mujeriego conocido por todo Madrid, andaba como un loco detrás de mí. Mi tía me aconsejó que no me p asease con él delante de todo el mundo por su mala reputación y yo le contesté que no se preocupara porque siempre íbamos a lo más profundo del bosque cercano y no nos veía nadie. Este mundo es realmente un pañuelo. ¡¡Quién me iba a decir a mí que me iba a tropezar todos los días en la escalera con el novio de Beatriz, la alumna que me hizo sufrir tanto, cuando estudiaba en el colegio de las Esclavas! Era un joven muy apuesto, estudiante de ingeniero y de una familia muy distinguida que vivía en mi misma casa de la calle de Alcalá, en el piso superior al mío. Ella se paseaba con el novio constantemente por la calle delante de mi ventana, para darme envidia, besándole y abrazándole, para demostrarme que ella tenía novio y que yo me iba a quedar soletera. Llevaban ya dos años de noviazgo y al parecer la boda se iba a celebrar pronto. Inmediatamente sonreí con malicia y pensé en vengarme. Me había convertido en una mujer mala que iba a cometer una mala acción: quitar el novio a otra mujer. Con lo que había aprendido de mi tía, tenía medios sicológicos más que suficientes para lograr mis propósitos. Recordé los consejos de mi difunta tía: «A los hombres lo que más les interesa en las mujeres no es la cara, sino por este orden, primero las tetas, luego el culo, luego las piernas y luego la cara. Aunque la cara no sería definitivo, porque si les disgusta, te la pueden tapar siempre con una sábana». Lo primero que hice fue estudiar las horas de entrada y salida de Ricardo el novio de Beatriz. Estudié todos sus movimientos y las horas en que se veían y empecé el ataque sexual, premeditado y concienzudo. Me puse un gran escote, dejando entrever p arte de mis tetas al descubierto. Para que no me vieran por la calle de aquella facha, llevaba una chaqueta que tenía que ponerla en el portal al salir a la calle. Lo importante era que me las viera Ricardo y que le gustaran a él. Acto seguido me puse una minifalda muy mini, ya que la falda estaba formada casi exclusivamente por un ancho cinturón de cuero rojo y el conjunto iba rematado por unas botas altas también rojas con unas suelas y tacones enormemente altos. Me había dejado una melena larguísima que sabía manejar muy sabiamente con suaves movimientos de cabeza de izquierda a derecha, dejando entrever a veces los ojos que como estaban ensombrecidos por el maquillaje, tenía el aspecto de una mujer fatal de película que acudiera a la cita de un gran amor prohibido y romántico. Cuando noté que Ricardo abría la puerta para bajar por las escaleras, abrí yo mi puerta como quien no quiere la cosa, me dirigí al ascensor y pulsé el botón de llamada. Ricardo bajaba por las escaleras bastante distraído y pasó por el descansillo de la escalera, casi sin darse cuenta de que yo estaba allí de mujer fatal y empezó a bajar el siguiente tramo de escaleras. Luego se paró de repente, me miró con unos ojos que se le salían de las órbitas y subió lentamente las escaleras hasta llegar al ascensor donde yo estaba. Nunca me habían mirado de aquella forma. Yo creo que más que mirar admiraba, más que admirar adoraba con la mirada, y a que hasta la boca le quedaba constantemente abierta, sin darse cuenta de las posturas ridículas que adquiría. El pobre hombre no se había dado cuenta de mi estratagema y debía creer que aquella forma de vestir era lo normal en una chica joven moderna como yo, que hasta ahora se había portado siempre como una colegiala muy reservada. No se atrevió a hablarme, pero me miraba como si fuera un león en plena y selva y yo una gacela inocente muy apetitosa, capaz de devorarme en un santiamén. Aquella noche comenzó a llamarme por teléfono todos los días. Yo sabía todo sobre Beatriz, cuándo y a dónde salía con ella, las horas en que se veían y se despedían y hasta contaba el tiempo en horas, minutos y segundos en el que estaban juntos. Él empezó a salir conmigo y a tocarme la rodilla cuando estábamos sentados y yo hacía como que no me daba cuenta y le dejaba tocar solo un poco al principio, para quitarle la pierna en el momento más propicio. Él quería verme a horas distintas de las que estaba con Beatriz y yo comencé a ponerle pegas. Le obligué a quedar conmigo a las mismas horas que quedaba con Beatriz. Total que Beatriz estaba perdiendo el novio a pasos agigantados y no podía saber cuál era la causa, porque él era un mentiroso nato y mentía con una naturalidad apabullante. Cuando le dejé seguir tocando más tiempo la rodilla, supe que le tenía en el bolsillo y que haría cualquier cosa por mí. Lo había enamorado de tal forma que lo tenía esclavizado. ¿¿Cómo lo conseguí en tan poco tiempo? ¡¡Muy sencillo! Se lo voy a decir a las señoras para que sepan cómo dominar a los hombres. Es la técnica de poner la carnaza y retirarla a tiempo. Es la misma técnica que se emplea para pescar. Se empieza por exponerle el cebo en la rodilla varias veces. Se le pone, se le quita, se hace como que se le deja, luego se hace como que no se le deja, luego se le deja que piense que otro día tal vez pueda tener más suerte, luego se le deja que en lugar de la mano ponga su rodilla junto a la mía durante un tiempo un poco más largo, midiendo el tiempo por segundos naturalmente, porque si lo mides por horas, te encuentras completamente desnuda y violada en un santiamén. El tiempo en el que el hombre juega con la mujer a estos juegos prohibidos, es muy importante p ara enamorarlo. El hombre se queda como atontado gozando por anticipado del gran deleite que va a tener cuando logre la consumación definitiva. Los ojos se le quedan inexpresivos, como si pensase en babia, la boca se le queda semiabierta, la tez se le vuelve pálida, le sale un sudor ligero por las sienes y por las axilas, pierde peso y los pantalones se le quedan flojos como si estuviesen colgando de una escoba. Todo este proceso de enamoramiento me lo había explicado muy bien mi tía, porque es en este proceso cuando la mujer puede conseguir lo que quiera del hombre. Yo estaba dispuesta a llegar al final con tal de quitarle el novio a la imbécil de Beatriz, para castigarla por las humillaciones que me hizo pasar cuando estuve en el colegio. Por fin conseguí que dejase a Beatriz y saliera solo conmigo. Al enterarse Beatriz que le había quitado el novio, comenzó a telefonearme a horas intempestivas y a insultarme, llamándome zorra y lindezas por el estilo. Decidí darle un escarmiento para que dejase de telefonearme. También decidí darle un buen estirón de pelos, que es como consumo mis venganzas. Una tarde me presenté en su casa. Salió su madre a la puerta y le dije que quería hablar con su hija. Su madre me llevó al salón donde estaba Beatriz con su padre y una prima y acto seguido consumí la venganza. ¿¿Saben Uds. lo que hice? ¿¿Han visto Uds. a una leona lanzándose en plena selva contra un jabalí que se le enfrenta? Yo era la leona. Me lancé nada más verla a los pelos, la tiré al suelo, le inmovilicé la cabeza con la pelambrera y le arañé le rostro. 11 (Hace el gesto de un felino sacando las uñas y arañando) ¡¡Cómo me gustó arañarle el rostro! Por fin me había vengado de lo mucho que me había hecho sufrir en mi adolescencia. Les expliqué a sus padres que su adorada hija me estaba telefoneándome todas las noches, llamándome zorra a las dos de la mañana. Sus padres se quedaron asustados, asombrados, atemorizados y yo salí triunfante de mi venganza. Como consecuencia de mi noviazgo con Ricardo, me quedé embarazada. Ya me lo dijo mi tía. -¡¡Ojo, querida sobrina! El momento del toquiteo de la pierna es un momento muy peligroso, es el momento en el que se puede perder muy fácilmente la cabeza, porque se empieza por la pierna y se acaba en la entrepierna. Ricardo se tuvo que casar conmigo antes de que naciera esta preciosa criatura que tengo a mi lado. (Si va acompañada de una niña pequeña, la niña le pregunta si papá le va a comprar la muñeca prometida) -¡¡Vamos a ver a papá que te va a entregar la muñeca prometida! (Si lleva un coche de niño, se oye el llanto del niño y Pilar le coloca el biberón) Les he querido advertir de lo peligroso que es insultar a una mujer, llamándole fea repetidamente, porque no hay ninguna mujer que resulte horrorosa a un hombre, siempre hay muchos detalles muy positivos en su cuerpo y en su alma. Estos insultos deberían estar completamente prohibidos. Bueno, se me está haciendo tarde y me tengo que marchar ahora. Adiós hasta la próxima.
(Pilar sale del escenario)
F I N

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